La institutriz
Durante mi adolescencia, la lucha
siempre fue conmigo misma, con la necesidad de construir esa voluntad de hierro
para estudiar y aprender cuanto se me exigiera.
En mi casa paterna, no había
muchos libros, así que cuando me mudé a un centro de estudiantes en la ciudad
de La Plata, una de las primeras cosas que hice fue comprar mi primer
diccionario. Era una versión barata que había sacado a la venta Clarín, con
hojas similares a las del papel de diario, aunque con una encuadernación de
tapas duras bastante decente. Me pasaba horas, tratando de hacer una traducción
esmerada de los textos académicos, que al principio eran chino básico para la
insípida lectora que era.
Con esfuerzo, logré convertirme
en mi propia institutriz. Antes estaba,
pero yo no era consciente de que estaba. Siempre la imaginé como una mujer amarga
con olor a naftalina, vestida de negro de pies a cabeza, con el cuello y los
tobillos cubiertos, peinado recogido a la antigua, tacos estruendosos que
marcaban el paso, de pocas palabras, pero con una mirada penetrante e incisiva.
Era el retrato que yo necesitaba construir para no sentirme tan sola con la
responsabilidad de aprobar los exámenes. Era hacerme a la idea de que yo podía
con todo, que tenía la capacidad para ser constante, de lo contrario esa
institutriz malhumorada vendría en medio de la noche, con el libro más pesado
que tuviera y, en algún sueño, me lo daría por la cabeza.
Todo esto me ha hecho pensar en María, Alexa, Siri y Cortana: nombres femeninos de inteligencias artificiales ¿Acaso comienza la era de la institutriz/máquina posmoderna en su rol de asistente inteligente? ¿Maestras o facilitadoras? ¿Mejora o destrucción?.
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