Yo, la institutriz

 

La institutriz

 

Ramón Casas (1892) "Una institutriz" 


Durante mi adolescencia, la lucha siempre fue conmigo misma, con la necesidad de construir esa voluntad de hierro para estudiar y aprender cuanto se me exigiera.

En mi casa paterna, no había muchos libros, así que cuando me mudé a un centro de estudiantes en la ciudad de La Plata, una de las primeras cosas que hice fue comprar mi primer diccionario. Era una versión barata que había sacado a la venta Clarín, con hojas similares a las del papel de diario, aunque con una encuadernación de tapas duras bastante decente. Me pasaba horas, tratando de hacer una traducción esmerada de los textos académicos, que al principio eran chino básico para la insípida lectora que era.

Con esfuerzo, logré convertirme en mi propia institutriz.  Antes estaba, pero yo no era consciente de que estaba. Siempre la imaginé como una mujer amarga con olor a naftalina, vestida de negro de pies a cabeza, con el cuello y los tobillos cubiertos, peinado recogido a la antigua, tacos estruendosos que marcaban el paso, de pocas palabras, pero con una mirada penetrante e incisiva. Era el retrato que yo necesitaba construir para no sentirme tan sola con la responsabilidad de aprobar los exámenes. Era hacerme a la idea de que yo podía con todo, que tenía la capacidad para ser constante, de lo contrario esa institutriz malhumorada vendría en medio de la noche, con el libro más pesado que tuviera y, en algún sueño, me lo daría por la cabeza.

Todo esto me ha hecho pensar en María, Alexa, Siri y Cortana: nombres femeninos de inteligencias artificiales ¿Acaso comienza la era de la institutriz/máquina posmoderna en su rol de asistente inteligente? ¿Maestras o facilitadoras? ¿Mejora o destrucción?.

 

Comentarios