Este es un tema que me interesa
de manera particular, y tal vez pueda inspirar a otros lectores/escritores.
Amparo llegó casualmente a mis
manos a través de un cuento “Alta cocina”, de la edición “Cuentos Reunidos”.
Algunos analistas la clasifican dentro
del género fantástico, aunque no hay unanimidad al respecto.
¿Pero quién fue Amparo?
María Amparo Dávila Robledo nació
en México en 1928, en un pueblo minero llamado Pinos, Zacatecas. El paisaje de
este pueblo era muy particular: las noches eran negras por la falta de luz
eléctrica, los hogares se iluminaban con lámparas de petróleo y los caminos de
las rutas eran tétricos. El pueblo estaba lleno de haciendas y edificios
religiosos (conventos, parroquias y templos) por lo que era frecuente que desde
su casa ella observara procesiones de dolientes, camino al cementerio a
enterrar a sus muertos.
En una entrevista decía:
“Me
entretenía viendo pasar la muerte, porque era lo que pasaba. No había
cementerios en varios ranchos cercanos y a Pinos llevaban a enterrar a sus
difuntos, entonces veía llegar a los muertos en su caja, o sobre el lomo de una
mula, o tirados en el piso de una carreta; según las posibilidades de
los deudos”.
Para una niña era muy
impresionante. Por otro lado, esta idea se vio reforzada por la muerte de dos
hermanos: su hermano mayor, Leoncio (que murió durante el parto) y el menor,
Luis Ángel que perdió la vida a los cuatro años. Ella tenía cinco años y quedó
sola, por lo que comenzó desde pequeña a recluirse en la gran biblioteca de su
padre. Fue por un tiempo autodidacta porque los problemas de salud no le
permitieron realizar una educación formal, hasta que eso se pudo revertir.
En palabras de la autora:
“Escribir
se manifestó [...] como una necesidad y una fuerza de expresión ineludible
[...] empecé, como a los diez años, a escribir prosa (…) Yo hice cuentos con la
misma naturalidad o facilidad con la que otros niños hacen palomas al jugar con
barro, cuentos que sin duda eran malos, pero eran cuentos” (Dávila, citada
por González, 2014, p. 12).
Poseedora de una gran
perspicacia, no creía en la literatura concebida a partir de la inteligencia
pura o de la sola imaginación.
Decía:
“Yo no creo
en la literatura hecha sólo a base de inteligencia por alguna imaginación. Creo
en la literatura vivencial, ya que esto, la inteligencia, comunica a la obra
(la clara sensación de lo ya vivido y lo que hace que perdure en la memoria y
en el sentimiento.”
Al principio pensaba que si se
escribía algo era por necesidad, para uno mismo y no para publicarse; hasta que
un día le explicaron que si tenía cierto valor lo que escribía debía
compartirlo con los demás. Lo hizo porque, además, ya tenía talento, disciplina
y determinación para escribir.
En sus memorias afirmó que escribir
era:
"pasar
largas noches, días, niños, la vida misma entre los libros trabajando en un
cuarto cerrado, una lucha tenaz con la palabra, un desgarrarse en pausa y
dejar, a veces, pedazos de la piel en cada página (un ir y venir entre el cielo
y el infierno (…) No sabría si ser escritor es una suerte, una desdicha o una
fatalidad. Sólo sé que en mí es una vocación, una predestinación y una forma de
pasión”.
Generalmente comenzaba a escribir
a partir de una vivencia, después el cuento seguía su rumbo. También escribía cuando algo le impresionaba. Seguramente
la atmósfera tétrica de su pueblo, las frecuentes procesiones de muertos
observadas desde su ventana, la muerte también tan cercana en su vida; algunas
historias contadas por amigos y allegados, y la propia imaginación nutrieron su
literatura tan particular ligado al misterio, el miedo y la extrañeza, un poco lejos
de la fantasía que algunos le adjudicaban.
En abril del 2020 dejó este lugar
físico, para instalarse en ese otro desde donde seguirá contando cuentos y
escribiendo poemas.
Les comparto “Alta Cocina”
de Amparo Dávila que aparece en la Edición “Cuentos Reunidos”.
Alta cocina
Cuando oigo la lluvia golpear en
las ventanas vuelvo a escuchar sus gritos. Aquellos gritos que se me pegaban a
la piel como si fueran ventosas. Subían de tono a medida que la olla se
calentaba y el agua empezaba a hervir. También veo sus ojos, unas pequeñas
cuentas negras que se les salían de las órbitas cuando se estaban cociendo.
Nacían en tiempo de lluvia, en
las huertas. Escondidos entre las hojas, adheridos a los tallos, o entre la
hierba húmeda. De allí los arrancaban para venderlos, y los vendían bien caros.
A tres por cinco centavos regularmente y, cuando había muchos, a quince
centavos la docena.
En mi casa se compraban dos pesos
cada semana, por ser el platillo obligado de los domingos, y con más frecuencia
si había invitados a comer. Con este guiso mi familia agasajaba a las visitas
distinguidas o a las muy apreciadas. «No se pueden comer mejor preparados en
ningún otro sitio», solía decir mi madre, llena de orgullo, cuando elogiaban el
platillo.
Recuerdo la sombría cocina y la
olla donde los cocinaban, preparada y curtida por un viejo cocinero francés; la
cuchara de madera muy oscurecida por el uso y a la cocinera, gorda, despiadada,
implacable ante el dolor. Aquellos gritos desgarradores no la conmovían, seguía
atizando el fogón, soplando las brasas como si nada pasara. Desde mi cuarto del
desván los oía chillar. Siempre llovía. Sus gritos llegaban mezclados con el
ruido de la lluvia. No morían pronto. Su agonía se prolongaba interminablemente.
Yo pasaba todo ese tiempo encerrado en mi cuarto con la almohada sobre la
cabeza, pero aun así los oía. Cuando despertaba, a medianoche, volvía a
escucharlos. Nunca supe si aún estaban vivos, o si sus gritos se habían quedado
dentro de mí, en mi cabeza, en mis oídos, fuera y dentro, martillando,
desgarrando todo mi ser.
A veces veía cientos de pequeños ojos pegados al cristal goteante de las ventanas. Cientos de ojos redondos y negros. Ojos brillantes, húmedos de llanto, que imploraban misericordia. Pero no había misericordia en aquella casa. Nadie se conmovía ante aquella crueldad. Sus ojos y sus gritos me seguían, y me siguen aún, a todas partes.
Algunas veces me
mandaron a comprarlos; yo siempre regresaba sin ellos asegurando que no había
encontrado nada. Un día sospecharon de mí y nunca más fui enviado. Iba entonces
la cocinera. Ella volvía con la cubeta llena, yo la miraba con el desprecio con
que se puede mirar al más cruel verdugo, ella fruncía la chata nariz y soplaba
desdeñosa.
Su preparación resultaba ser una
cosa muy complicada y tomaba tiempo. Primero los colocaba en un cajón con pasto
y les daba una hierba rara que ellos comían, al parecer con mucho agrado, y que
les servía de purgante. Allí pasaban un día. Al siguiente los bañaban
cuidadosamente para no lastimarlos, los secaban y los metían en la olla llena
de agua fría, hierbas de olor y especias, vinagre y sal.
Cuando el agua se iba calentando
empezaban a chillar, a chillar, a chillar… Chillaban a veces como niños recién
nacidos, como ratones aplastados, como murciélagos, como gatos estrangulados,
como mujeres histéricas…
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